Mojácar pueblo: refugio de creadores

100 Espacios para perderse

Inspiradoras son sus callejuelas intrincadas, con presencias de recuerdos moros en todos sus rincones. Mojácar es un lugar embriagador por donde lo queramos vivir, tanto en el pueblo subido en la roca como a la orilla del mar, porque de todo tiene. Su término municipal se despobló, como tantos y tantos en este país, con la emigración, y después se llenó de artistas.

Eso sí, parece que hubo uno de ellos que salió siendo un niño muy pequeño para ser creador de sueños de chicos y grandes, un tal Walt Disney, hijo de una lavandera local que se marchó inaugurando el siglo pasado a Chicago. Los más viejos del lugar cuentan esta historia y la dan por cierta, pero el visitante del pueblo la cree una vez que ha respirado la magia de su atmósfera.

Es un lugar políglota, en el que conviven gentes llegadas de distintos puntos del planeta porque sencillamente han encontrado la felicidad en esta esquina de Europa. Hacen suyo el legado cultural tan profundo que conserva, no solo el de muchos siglos atrás sino el que poco a poco han ido importando sus nuevos pobladores, muchos llegados en la década de los 50.

Su imagen es musulmana, a pesar de que hay yacimientos que demuestran que hubo mojaqueros prehistóricos y que la presencia visigoda no puede olvidarse. Su orografía la sitúa en un montículo piramidal junto al río Aguas, que llenaba uno de los aljibes más impresionantes del Reino de Granada, aun conservado. Su fiesta principal, no podía ser de otro modo, es la de Moros y Cristianos.

Con ello se sigue la tradición levantina española, pero en el caso de Mojácar un hecho histórico muy llamativo sostiene su celebración. El alcaide Alabez, cuando la reconquista, fue el único que no acudió a entregarse ante los Reyes Católicos, y aseguró que prefería morir como español que se sentía. Miles son los visitantes que acuden a la recreación de ese momento cada mes de junio.

Y sí, no solo en esa época hay bullicio de gentes en sus calles, puesto que el turismo es el principal motor económico de Mojácar. Por un lado está el residencial, estable, y por otro el de cultura y familia más el de sol y playa. La belleza del pueblo es cautivadora, como la de su paisaje, y el que lo visita está en peligro de querer quedarse en él para siempre, pero merece la pena correr el riesgo.

Se ve desde muy lejos, encumbrado en la montaña, blanco sobre azul del cielo despejado. Desde dentro se puede ver una inmensidad a sus pies, ya que el punto neurálgico es un gran mirador al valle. A la espalda, un laberinto de calles estrechas, solo transitables a pie entre edificios que respetan el pasado, cuando se usaban los techos abovedados. Las viviendas se escalonan acomodadas al terreno.

La arquitectura tradicional da cobijo a todo tipo de establecimientos en los que comer y beber y tomar una copa, y es refugio de innumerables artistas, plató cinematográfico y escenario de spots publicitarios. Sin más, sabe combinar el pasado con el ambiente cosmopolita actual, y darle la importancia que se merece al arte y a la creación.

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